Pozo de Luna: cargar la suerte
Blog del Sommelier

Pozo de Luna: cargar la suerte

por Rebeca De La Torre en Jan 05, 2023

Quién iba a pensar que en la intersección de las líneas que cruzan a México de Norte a Sur, de Poniente a Oriente --esa puntada que marca la coordenada cero del corbatín, ese mínimo altozano que levanta la zapatilla en el albero--, iba a nacer una de las más singulares expresiones vitivinícolas de nuestro país. Si bien los frailes quinientistas ya habían identificado al septentrión del Bajío como tierra propia para la vid, el camino recorrido por ellos y otros winemakers de la Colonia quedó suspendido entre las brumas crepusculares de la región hace siglos, y no fue hasta éste cuando la espiral histórica nos devolvió a esa senda de parras y vendimias.


    Lo que conocemos hoy como terroir no es una conjunción de factores limitada a elementos topográficos y climáticos, es, sobre todo, cada vez más, una expresión definida por lo humano. El vino depende tanto de quién lo hace (de su conocimiento, sensibilidad, filosofía) como desde dónde y a partir de qué se hace. Pozo de Luna es un viñedo, antes que bodega, muy especial: los hombres que lo soñaron, plantaron, celaron, pisan y aprovechan no son muy distintos de aquellos hombres de fe que proveían para la misa. El bucle espiritual, si se ve desde lo preeminente, está en el mismo grado de la circunferencia.


Soledad de Graciano Sánchez se llama el municipio potosino en donde madura la viña y maduran las botellas de esta aventura que nació bajo la estrella de la trascendencia. Aquí, en una tierra austera, como todas las que auspician un gran toro, un gran torero o un gran vino, reinan la paciencia, el respeto por lo auténtico y el valor de la calidad como código único. En Pozo de Luna la apuesta desde el primer cite ha sido la puerta grande, cargando la suerte y poniendo el pecho por delante: manufacturas de más de mil quinientos días, las suelas de las botas como abono, un enólogo que sabe más que Baco y un sitio tan diminuto como excepcional. Esto ha fraguado en vinos de corte clásico, balanceado y profundo; un reflejo fiel del valor y la personalidad de sus artífices y un verdadero hallazgo en el panorama del vino mexicano.


    “Se torea como se es”, dijo Juan Belmonte.

Alfredo Oria

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